lunes, 15 de octubre de 2012

ESCENARIO

 
   Cristina se levantó a las cinco y media, aunque su despertador tenía que sonar solo a las seis. Fue un día como estos, cuando no sabes ni que tienes que hacer, ni a donde ir, ni nada. Todavía tumbada en su cama ella encendió su tocadiscos y en torno empezó a sonar música de Robert L. Euvino. Bajo su cama había prendas de vestir, algunos platos sucios e incienso apagado. A Cristina nunca le gustaba ordenar cosas, pero ahora alguien dentro de ella le despertó y animó empezar cambiarse.
Foto de Murray Mitchell
 Ella echó una mirada tranquilamente y entendió que necesita más luz en su habitación, porque con cortinas actuales el día más soleada podría parecerse a una tarde oscura. Cristina se acercó a la ventana y vio que ya había empezado feria medieval. Este tiempo de octubre le gustaba más y menos al mismo tiempo. Lo que le gustaba menos era montón de la gente y aglomeración cerca cada tienda de campaña con diferentes artículos y que le gustaba más eran olores diferentes en cada esquina de la ciudad y esta posibilidad ver todo por arriba desde la mañana hasta la noche. Ahora todos los vendedores empiezan ordenar sus artículos y prepararse por el mediodía y invasión de los turistas contentos. Cristina ya tenía que ir al trabajo, así que se vestió rapidamente, cogió una manzana y bajó la escalera cogiendo su bicicleta. Ella se fue por su calle, después pasó corriendo museo Groeninge y cortó Oude Gentweg sin mirar por los coches ni por la gente. De repente, girando a Boudewijn Ravestraat, Cristina dió con un chico que estaba esperando a verde de semáforo <...>


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